TURRÓN GIN-TONIC: Cata y análisis de nuestro grupo de expertos.

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Imagino que muchos habréis visto circular por Facebook estas pasadas fiestas navideñas la foto del turrón gin-tonic. Imagino también que a muchos os habrá picado la curiosidad por conocer su sabor, pero que, ya porque la tienda más cercana de la gran marca española que lo vendía os pillaba lejos, ya por cuestiones económicas, ya por pura pereza, os habéis quedado con las ganas. Si aún seguís con interés por saber a qué sabía el invento, ¡estáis de suerte!: parte del equipo de To Loco lo probamos hace un tiempo y estamos más que dispuestos a contaros nuestra bizarra experiencia.

Corría el mes de diciembre de 2015 y la fiebre consumista se había apoderado de media España (incluso de los que teníamos poco dinero para gastar). Evaristo Gamunillo, Filipurcio Purgabueyes (por supuesto, son pseudónimos; mis compañeros de equipo trabajan en grandes empresas, ostentando cada uno cargos importantes, y no pueden dejar que su imagen se empañe por cuestiones como esta) y yo habíamos visto circular la foto del turrón gin-tonic por las redes sociales (sobre todo Facebook), y teníamos ganas de saber a qué sabía eso. Yo, la Monteoliva (es mi apellido real; todo el mundo sabe de qué pie cojeo, así que “ni modo” que me esconda), prometí comprar una tableta antes de las grandes fiestas. Y así lo hice.

Entramos Filipurcio Purgabueyes, Miss C (persona relacionada con este equipo, aunque no redactora) y yo en el supermercado archiconocido, en su sucursal sita en el centro de cierta ciudad de provincias famosa por la simpatía de sus gentes y sus generosas tapas (además de por un castillo rojo que vienen a ver los turistas con verdaderas ganas de morir de un síndrome de Stendhal pero que los habitantes de la ciudad casi nunca ven, a saber por qué) y nos dirigimos a la sección turronera. En ella había turrones de gustos muy diversos y exóticos, tantos, que por poco no encontramos el turrón elegido. Pero sí, lo encontramos. En sus dos versiones: marca blanca del supermercado y marca-marca. Los dos en realidad eran el mismo, pero en distinto envase y con distinto precio (¡oh, sí, el viejo truco comercial!).

Por supuesto, elegimos el de la marca blanca del supermercado de marras. El precio era de 6,95 € la tableta de 300 gramos. Vamos, lo que te vendría a costar una copa de gin-tonic auténtico por estos lares. Una broma cara, pero no en exceso, pensé para consolarme. Porque una no tiene una economía como para tirar cohetes, y además es de la cofradía de la Virgen del Puño y la Palma Sangrante.

Para seguir haciéndome a la idea (y antes de cerrar el puño, clavarme las uñas en las palmas y, en consecuencia, ponerme a sangrar en medio del súper, cosa que no era plan, porque iba a asustar a todo el mundo), me dio por pensar que, además, el precio sería equiparable a la calidad del producto, y que como estaban las fiestas cercanas, pues, ¡qué demonios! ¡A vivir que son dos días!

Total, que lo compré y dejé de pensar.

Salimos del centro comercial y nos dispusimos a visitar el que por entonces era nuestro bar de tapas de cabecera, lugar en el que nos reunimos con Evaristo Gamunillo.

Cata del Turrón de Gintonic
Laboratorio de pruebas donde se hizo la cata del Turrón de Gintonic

Tanto durante el trayecto hacia el restaurante como en el tiempo que estuvimos en el mismo, no le quitamos ojo de encima a la tableta. No queríamos que se estropeara antes de probarla, momento que esperábamos con ansia. Pero lo primero era lo primero: las tapas.

Varias bebidas y mucha grasa después (lorza power), llegó el momento de la cata oficial durante la merienda de rigor. Evaristo Gamunillo y Filipurcio Purgabueyes hicieron los honores atacando con ansia el supuesto manjar. Comenzaron a masticar y, aunque a veces tardo en coger las cosas, enseguida comprendí que algo iba mal. Yo no he probado un gin-tonic en mi vida (no bebo, tengo ese defecto), pero mis colegas sí. De hecho, he sido testigo de cómo degustaban sendas copazas gintoneras en varias ocasiones. Por eso sabía que esas caras de asquete no son las que se les ponen cuando beben uno aliñado con frutas del bosque y cosas de esas tan modernas.

—Esto tiene un regusto a… alpargata —dijo uno de ellos de pronto sin mutar esa cara de pesadumbre, de decepción profunda mezclada con asco.

—Yo lo encuentro como gusto a cartón —dijo el otro con la misma cara de tristeza catadora.

Tras varios comentarios más por el estilo (todavía intentaban los pobres encontrar algo de bueno entre esa amalgama imposible de sabores), y a pesar de tan fatídicas opiniones, me armé de valor y cogí un trocito pequeño para probarlo. Entonces uno de ellos dijo con indignación:

—¡Hala, pero qué trozo tan chico!

A lo que yo contesté:

—Hombre, me estáis diciendo que comer esto es lo más parecido a chupar durante tres horas un perro mojado, ¿qué quieres, que me coma toda la tableta?

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Dicho esto, y tras numerosas protestas de mis amigos (sí, querían que me comiera yo sola la tableta para no tener que seguir viéndola en el salón de la casa de uno de ellos), me metí el trozo en la boca con todo el valor del mundo. Mastiqué despacio para sacarle todos los matices al asunto (cosa complicada con las papilas gustativas tan básicas que tengo). Lo primero que pensé es que aquello más que a una copa de algo me recordaba, por su textura, a un mantecado con sabor a caramelo Sugus de limón rebajado con alcohol. Pronto, además, encontré ciertas reminiscencias de jabón Lagarto. El chocolate blanco, que se supone que está en abundancia en la receta, no lo hallaba por ningún lado. Dulce estaba el asunto, eso sí, cosa se agradece en un turrón, pero es que el turrón en concreto es de gin-tonic, y mis amigos me aseguraban (insisto: yo no bebo) que ese brebaje no es ni por asomo dulce.

Cuando Miss C volvió a la escena del crimen (después de las tapas tuvo que volver a su puesto de trabajo, también en un lugar muy importante donde la consideran poco más que la jefa), y tras escuchar el veredicto, se negó en rotundo a probar el turrón. Ni siquiera se atrevió a comerse la plaquita de chocolate negro que con tanto cariño le habíamos dejado, por más que insistí en decir vía Telegram (cambiaos a Telegram, es mucho mejor que eso otro que usáis) que era chocolate negro normal, sin trampa ni cartón.

Hubo una fiesta navideña en la que otros catadores se atrevieron con el invento, aunque solo trozos pequeños. Tras el jolgorio, todavía quedaba parte de la tableta. Evaristo Gamunillo, harta de el antimanjar rodando por su casa, insistió en que fuera a por ella. Por supuesto, no lo hice. Un regalo es un regalo, incluso cuando el regalo no está bueno. O, como decíamos “de chicos”: “santa Rita, Rita, Rita: lo que se da, no se quita”.

¿Qué fue entonces del resto de la tableta? Un día, Evaristo intentó endosársela al chatarrero que con su carretilla hace que todas las tardes la prole perruna de mis amigos ladren como si no hubiera un mañana. El chatarrero, un rumano curtido en todo tipo de supersticiones y brujerías, la miró de lejos y se echó a temblar. Desde entonces, no ha aparecido por el barrio. Dicen que ahora trabaja en Sebastopol.

Días más tarde, Evaristo llamó a Filipurcio para endosarle la tableta. Filipurcio dijo no conocerle. Creo que aún no se hablan.

¿Quedará turrón gin-tonic, esa tableta en concreto, para las fiestas navideñas que vienen? Si no fuera porque en esta provincia el calor es demasiado tórrido, yo diría que sí. Pero no, no aguantará el invento el verano. Se derretirá, reptará hasta el jardín de mis amigos y allí intentará arraigar y… Lo dejo a vuestra imaginación.

Resumiendo, el verdadero sabor del turrón gin-tonic podría definirse como “alpargata recién lavada con jabón artesano mezclada con un Sugus de limón, con un ligero toque de alcohol y mucho azúcar”.

Pero, ¿cuál es el verdadero fallo del invento? Yo diría que un exceso de creatividad mal orientada. ¿Qué quiero decir con eso? Pues que a veces la gente de marketing, los creativos de las empresas, imaginan productos que igual en el mundo imaginario pueden funcionar, pero en el mundo real, definitivamente no. Un ejemplo de ello serían los helados de sabor a tapa, como el de boquerones. Los helados son dulces; los boquerones, no. Los helados son productos que se toman como postre o merienda; los boquerones, no. De igual manera, un turrón, que es algo dulce, se puede hacer de cosas afines: natillas, galletas, tiramisú, praliné… ¿Es el gin-tonic algo que pueda relacionarse con un turrón? Para nosotros ha quedado claro que no. A no ser que el año que viene cambien la receta y lo hagan más alcohólico y amargo, en cuyo caso…No, ya no sería un turrón.

Vosotros sois libres de hacer lo que os de la gana, tanto con vuestro dinero como con vuestro aparato digestivo. Si me pedís mi opinión, os diría que si vuelven a sacarlo al mercado el año que viene, no os molestéis en probarlo, a no ser que os pique la curiosidad cosa bárbara. Chupar un jabón azucarado o comer Sugus con cerveza os va a proporcionar la misma experiencia. O similar. Añádele una zapatilla y un perro mojado, y ya tienes la fiesta total.

Nota final: y encima se repite. Las reminiscencias cítricas después de la cata durante toda la tarde y parte de la noche. Eso sí: el aliento seguro que nos olía fresco y azucarado.

La Monteoliva

 

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